
En 1999 Ford completó la adquisición de Volvo por 6.400 millones de dólares. Ahora, una década más tarde, una exclusiva de Bloomberg señala que podría estar
interesada en venderla por casi la misma cantidad de dinero: concretamente, 6.000 millones de dólares. La pregunta es, ¿quién estará dispuesto a pagarlos?
Es probable que Ford no desee realmente deshacerse de Volvo, pero su delicada situación financiera y el temor a un nuevo bajón en la bolsa han hecho que Alan Mulally se plante en Washington para pedir al congreso de Estados Unidos un préstamo, que, llegado el momento, podría convertirse en un auténtico salvavidas. Y si quiere obtener ese dinero, ha de demostrar su disposición a desprenderse de todas las partes sobrantes, dejando una compañía libre de grasa y con un tamaño mucho más manejable que hasta ahora. Esta es la misma situación en la que se ha visto General Motors, que con casi toda seguridad terminará
vendiendo o disolviendo varias de sus marcas.
Hasta no hace mucho, tres grupos industriales han sonado con fuerza como posibles pretendientes a la mano de Volvo: SAIC, Hyundai y BMW. Los chinos carecen a todas luces de los medios para hacer viable la subsistencia de una marca con el caché y las necesidades de Volvo (por no hablar de los
desmentidos); Hyundai
no parece tener ganas de irse de compras; y
BMW es sinónimo de canibalismo. El gobierno sueco, por su parte, ha querido desentenderse de una nacionalización de la compañía, si bien en el artículo de Bloomberg se señala la posibilidad de que tal vez pida ayuda a la poderosa
familia Wallenberg, con intereses en aproximadamente un tercio de las treinta empresas más grandes del país.
De nuevo, nos vemos obligados a repetir lo mismo del último día: sea quien sea su próximo dueño, tan solo deseamos que sepa darle el apoyo que se merece.
[Artículo en
inglés]