Fue en Detroit, en manos de Ayrton Senna, donde la escudería montada décadas atrás por Anthony Colin Bruce Chapman venció por última vez una carrera de F1. Lo hizo en 1987, y lo hizo ya sin el genio británico lanzando gorras. Chapman se había ido en 1982 tras un fulminante ataque cardiaco.
Pero hoy, si existe el cielo, sabemos que una gorra ha vuelto a salir disparada, a volar en celebración de una victoria. Ha sido en el Gran Premio de Abu Dhabi, con un coche pintado de negro y oro, fabricado en Enstone, en lugar de cerca de Hethel, y con un finlandés al volante.
Kimi Raikkonen, por el que nos declaramos fervientes seguidores al inicio de temporada en un gesto chaquetero y poco objetivo, ha demostrado que podía ganar este año, en la temporada de su retorno al Gran Circo.
Lo ha hecho con un coche que nació competitivo, pero que ha estado siempre por detrás de los grandes favoritos al mundial. Su ritmo de evolución no ha podido igualar el de Ferrari, McLaren y Red Bull. Pero la suerte y la consistencia de Raikkonen se han combinado, por fin, en una carrera apoteósica, para permitir al finlandés ganar una carrera tres años después de su último triunfo (Spa, 2009).