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El
Corvette, ese deportivo que gusta en el mundo entero y que es considerado el único "deportivo decente" estadounidense por los europeos, cumple este año sus 60 años. Pero no siempre fue ese icono de la cultura pop estadonunidense y del automovilismo mundial. Tras unos inicios prometedores, iba camino del olvido, pero la pasión de sus creadores, lo pusieron en la senda del éxito.
A principio de los años 50, General Motors es el mayor grupo industrial del mundo. Era el doble de grande que la segunda compañía más grande del mundo, la Standard Oil de Nueva Jersey, que se convertiría con el paso del tiempo en ExxonMobil.
GM no sólo fabricaba coches, sino también locomotoras (como las EMD que tiraban en España de los primeros trenes Talgo, por ejemplo) e incluso ya poseía su propia financiera y compañía de seguros. Por supuesto, el corazón de su negocio era la fabricación de coches bajo la marca de
Chevrolet,
Buick,
Cadillac,
Oldsmobile y
Pontiac. La potencia del grupo era tal que el legislador estadounidense se planteó seriamente utilizar contra GM las leyes antimonopolio. Una potencia que no dejó de crecer hasta los años 90. A finales de los 80, la facturación de GM era superior al PIB de Noruega...
Volviendo a los 50, por aquel entonces GM fabricaba toda clase de vehículos, limusinas, berlinas, cupés, pick-ups, familiares, pero ningún deportivo. El segmento de los deportivos era el coto de caza privado de las marcas europeas, más de la mitad eran importadas por el astuto Max Hoffman.
Porsche,
Austin,
MG,
Jaguar,
Triumph,
Ferrari,
Maserati,
Aston Martin o
Alfa Romeo, todas estaban presentes en mayor o menor medida en Estados Unidos. Pero ninguna marca estadounidense les hacía sombra. Muchos pensaban entonces que simplemente no era posible. Y que un grupo como GM se atreviese a luchar contra esos artesanos europeos era incluso visto como una idea ridícula.