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Si algo me ha dejado muy claro el
Camaro durante los días que he compartido con él, es que no tiene nada que ver con cualquier vehículo que puedas adquirir en el mercado español por debajo de los 60.000 €. Sus líneas, formas, maneras y mecánica son típicamente americanas y se notan mucho en el día a día.

Entre las muchas cosas que nos pueden llamar la atención a los europeos del Camaro está el motor. Sólo su sonido es capaz de enamorar a cualquiera al que le gusten mínimamente los coches y, a los que no, posiblemente les sorprenda. Ese rugido es espectacular e incluso al ralentí deja muy claro que no tienes delante un "humilde V6".
Mi experiencia al volante del Chevrolet Camaro ha sido buena, pero con muchos matices, tantos que cuando llegues al final de esta parte de la prueba posiblemente sigas con mil y una dudas. Las razones podrían ser muchas, pero yo lo resumo en que simplemente es un modelo de nicho enfocado a una clientela muy reducida y específica.
De entrada, nada más tomar asiento te sorprende con un amplio puesto de conducción y una simpleza exagerada. Salvo los relojes situados en la parte baja de la consola central, no hay concesiones al lujo ni mandos extraños. Conseguir una correcta postura es sencillo gracias a la regulación eléctrica de los asientos y al doble reglaje del volante (altura y profundidad). Sin embargo, una vez acomodado te sorprende con una nula visibilidad que hará que los 4,8 metros de longitud y los casi dos que tiene de anchura parezcan muchos más.
Un bramido que enamora
Una vez regulo los retrovisores y el espejo central, es hora de arrancar. La tecnología más moderna brilla por su ausencia y en el Camaro habrá que seguir usando la llave y girar, olvidando los cada vez más comunes botones "Stop/Start". Nada más arrancar sorprende el primer bramido que emite su motor hasta estabilizarse muy por debajo de las 1.000 rpm (entorno a las 700 rpm). El sonido que se escucha al ralentí es bonito, metálico, pero también discreto.
Piso el embrague y vaya, está duro. Al meter primera me ocurre lo mismo. El tacto de la palanca, además de tener mucha resistencia, es algo tosco y los recorridos excesivamente cortos. Durante los primeros días te costará saber sí de verdad has insertado correctamente la velocidad.
Una vez en movimiento, durante los primeros metros, voy tanteando el acelerador y la respuesta. Aparentemente es muy llevable y no hay de qué asustarse (en algunos coches la respuesta es tan inmediata que hay que prestarle mucha más atención). Segunda, tercera...y vaya, sin darme cuenta estoy realizando los cambios a poco más de mil vueltas. Casi como si fuera un camión, este Camaro es capaz de rodar a muy bajas revoluciones sin que desfallezca. En cuarta y a menos de 50 km/h puedes acelerar y ganar velocidad sin baches. Es muy lineal y progresivo y en cierto modo podría parecer un diésel. Pero no, es de gasolina y lo sabrás al ver las cifras que se mueven en el ordenador de viaje. Es en aspectos como este que el Camaro se diferencia de los productos europeos o asiáticos, el enorme valor de par disponible (569 Nm de máxima a 4.600 rpm) lo convierte en ideal para una conducción relajada. Lo veremos más adelante, pero es justamente donde se muestra excelente.
Ya en la autopista decido insertar sexta y poner el control de velocidad a 120 km/h. El ruido producido por el motor es casi nulo, pero quizás se deba a que el generado por la capota anula cualquier otro sonido en el habitáculo. Me sorprende que el motor gire a 1.800 rpm. Según pasan los kilómetros el ordenador va mostrando cifras más llevables en el día a día, rondando los 9,0 L/100. Subiendo ligeramente el ritmo, a unos 140 km/h de crucero, el gasto se estabilizará entorno a los 10,0 L/100. No se puede decir que gane un concurso de eficiencia, pero para esconder ocho cilindros y 6,2 litros bajo el capó tampoco está nada mal.

Una vez familiarizado con sus maneras, decido exprimir un poco más el motor. Para ello reduzco a tercera y piso a fondo. El Camaro sale disparado y gana velocidad sin inmutarse. Lo mejor es el sonido de su motor. Es sencillamente maravilloso y casi una droga. Gusta tanto que buscarás cualquier ocasión para volver a escucharlo.
Sin embargo, por prestaciones puras este Chevrolet no me han sorprendido. Como es lógico, anda y mucho, pero no tanto como parece. La cuestión es que esa enérgica respuesta de la que presume puede llegar a confundir, pareciendo mucho más rápido de lo que verdaderamente es. Hay un buen número de automóviles con mucha menos potencia que podrían sacarle los colores, cronometro en mano, a este Camaro. Por ejemplo la maniobra de recuperación no es especialmente brillante y si quieres realizar adelantamientos con rapidez deberás tirar del cambio y reducir al menos una velocidad. En aceleración pura la dureza y tacto del cambio no permiten realizar las transiciones con la rapidez deseada, perdiendo un tiempo maravilloso cuando lo que buscamos es la máxima eficacia.
Pero he aprendido algo durante estos días. El Camaro no está pensado para correr sino para disfrutarlo sin capota mientras paseas por cualquier carretera perdida del mundo. Esta claro que con los límites de velocidad de Estados Unidos, tener 432 CV bajo el capó es absurdo, pero no es menos cierto que en Europa, con la mitad, ya nos sobran unos cuantos. Sólo parecen recobrar sentido si eres de los que quiere sentirse el rey de la carretera, con poderío, sobrado y sabiendo qué, si lo deseas, saldrás volando.
¿Y en su comportamiento?
Pues aquí tampoco hay sorpresas y casi todo lo que tiene relación con sus maneras al volante está directamente relacionado a sus proporciones exteriores y al peso. Para entenderlo mejor, un pequeño resumen según el tipo de vía:

Ciudad:
Es posiblemente el peor escenario para este descapotable. No sólo la mala visibilidad juega una mala pasada. La fuerza necesaria para pisar el embrague o realizar los cambios es tal, que en cualquier atasco de más de cinco minutos terminarás agotado.
La cámara posterior de aparcamiento es útil, pero algo pequeña. Aún así ayuda mucho cuando queremos estacionar y junto a los sensores sonoros es algo casi imprescindible. El radio de giro, algo limitado, obliga a realizar un mayor número de maniobras de lo habitual. A esto hay que sumar la percepción de estar manejando un tanque de enormes dimensiones, lo que da como resultado un mayor tiempo invertido en cada operación de este tipo.
El consumo medio en estas vías dependerá excesivamente del tráfico. Si estamos en uno de los tantos atascos que cada mañana han de aguantar los madrileños, será muy complicado que la cifra baje de los 20,0 L/100. Sin embargo, a media mañana con una densidad inferior de vehículos, los resultados pueden reducirse hasta unos 16,0 L/100.

Carretera:
Depende del tipo de conducción que realices, el Camaro te gustará más o bien te dejará algo "frío". Si lo conduces de manera tranquila, es un verdadero placer circular por vías secundarias, sobre todo sin la capota. Las suspensiones algo duras no llegan a resultar muy incomodas y la dirección, excesivamente tosca, tiene un pase. Un detalle que me encanta es qué al soltar el acelerador, el motor responde con varias explosiones que se mezclan con el sonido propio que se produce de la retención.

Si por el contrario lo que deseas es sacarle el máximo partido, deberás prestar atención a la trasera. Para ello deberás controlar y mucho el acelerador circulando en velocidades cortas, pues un acelerón inapropiado podría descolocar la trasera... hasta que el control de estabilidad decida cortar la diversión (y es muy radical, con una entrada brusca y tajante). La dirección es de esas que deja pasar todo, incluidas muchas vibraciones, pero aunque es rápida entre topes (2,7 vueltas) carece de la precisión y deportividad que debería tener.
Circular rápido por carreteras de montaña requiere de cierta pericia. Una vez le pillas el truco al acelerador podrás curvetear a buen ritmo, pero siempre y cuando no sean tramos muy virados y con firme irregular. En ese caso el peso saldrá a relucir y la supuesta deportividad que transmite su carrocería quedará en evidencia. Es algo torpe en los cambios de dirección y se generan excesivas inercias y rebotes. Además aprovechando al máximo sus posibilidades, aparecen ruidos y crujidos que parecen venir por una rigidez del conjunto algo justita. Posiblemente el coupé sea más interesante si quieres exprimirlo como es debido. Con los neumáticos de serie, enormes en tamaño, se asegura una adherencia ejemplar. Sólo en mojado habrá que prestar atención para evitar el baile del eje posterior.
Autopista:
Todo lo anterior puede darse por olvidado si lo que quieres es disfrutar en viajes largos de este mito con ruedas. En vías rápidas se mueve muy bien, obviamente sobrado de motor y con una pisada muy sólida. Las curvas rápidas de autopista son pan comido y siempre tendrás sensación de control absoluto. De no ser por el ruido que se genera de la capota, sería un compañero sensacional.
A velocidades estabilizadas los consumos no asustan y los 432 CV beben menos de lo esperado, mejorando los datos homologados. Eso sí, jugando con el cambio conseguirás cifras récord de consumo y no para bien. De contar con una capota de mayor calidad, los viajes serían más placenteros. La suspensión, como dije más arriba más bien dura, sólo pasa factura cuando la vía está deteriorada, pero en firmes buenos es cómodo (en parte por los asientos, más bien blandos y cómodos).
En definitiva, el Camaro se puede disfrutar a sus mandos de mil y una maneras distintas siempre y cuando la máxima efectividad no esté entre tus metas. Ya sea para pasear o para circular rápido por autovía, este convertible puede darte muchas satisfacciones, pero en caso de buscar agilidad y cambios rápidos de dirección, te encontrarás con un automóvil de tacto aparatoso, tosco y torpe.


