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Estos últimos días se ha hablado mucho del coche eléctrico, de su futuro, de su contaminación real e incluso de si es viable o no. Entre Harald Wester (CEO de
Maserati) que busca acaparar titulares con sus declaraciones incendiarias y las ventas de coches eléctricos que no acaban de despegar a nivel mundial -con algunas excepciones a nivel local, como Noruega- el coche eléctrico parece una quimera en la que sólo creen algunos fabricantes y un reducido grupo de entusiastas.
Actualmente, el coche eléctrico tiene tantos detractores como defensores. Eso sí, si todos sus defensores cambiasen sus coches térmicos por eléctricos, nuestras ciudades serían mucho más silenciosas y con un aire más respirable. Pero no es el caso. ¿Por qué? La principal razón es la relación desproporcionada entre una autonomía muy limitada y tiempo de recarga exageradamente largo. Conducir unos 100 km y tener que dejar el coche cargando entre 4 y 8 horas no es viable si se pretende viajar. En el día a día, si alguien se plantea el coche eléctrico como un utilitario para moverse por la ciudad, esa limitada autonomía supone cierta angustia si, por ejemplo, entre el trabajo y casa hemos de dar un rodeo para hacer un recado que no teníamos previsto. ¿Y si me quedo sin batería? Las infraestructuras tampoco están, a día de hoy, realmente adaptadas para el coche eléctrico.
El
Chevrolet Volt y su clon
Opel Ampera parecen aportar la solución adecuada a la problemática actual del coche eléctrico abriendo camino por una tercera vía, la del eléctrico de rango extendido. En lenguaje llano, combinan lo mejor del coche eléctrico y lo mejor del coche térmico, y todo ello sin ser realmente un híbrido.
Lo reconozco, llevo tiempo queriendo probar a fondo el Volt o el Ampera, es decir disponer de una unidad durante una semana para realmente poder dar una opinión contrastada de cómo es un coche eléctrico de rango extendido. Hoy, toca el Opel Ampera y debo confesar que ha sido una pequeña revelación para mí.