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Mil curvas para un destino: Capítulo 04 - ¿Y el dinero de dónde sale?



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El aire mece las hojas de los árboles tranquilamente mientras el sol de medio día aplica con justicia sus rayos sobre la tierra para tratar de calentarla sin demasiado éxito, luchando con el frío invernal. Entre los ruidos de la suave brisa y el discurrir de un pequeño riachuelo, de pronto se dejó escuchar un estruendo en forma de sonido de cuatro cilindros atmosféricos de gasolina.

Era un Ibiza amarillo, con el dorsal 27 pegado en sus laterales, y sin ninguna suerte de patrocinador impreso en sus puertas o aletas. Venía muy cruzado, levantando una gran nube de polvo tras él, como si de una tormenta de arena se tratase, alcanzando su objetivo. Mirando con el morro hacia la izquierda, trataba de encarar una curva a derechas.

Las ruedas trabajaban al límite de su agarre, desgarrando la tierra, y haciendo saltar al mismo tiempo la grava y las piedras que conformaban el tramo. Las delanteras miraban ya hacia la derecha, el mismo lugar al que apuntaban los ojos que se dejaban vislumbrar a través del casco del conductor, que asomaba, atareado, detrás del volante que manoteaba intensamente.

Pero era demasiado. La carrocería se mecía hacia la derecha, pero también se salía de la estrecha lengua de tierra. El Ibiza iba completamente de lado ya, arrastrándose con el morro mirando hacia la curva que quería tomar, pero en una dirección completamente perpendicular a la deseada.

Y entonces las dos ruedas traseras abandonaron el camino inevitablemente, y el pequeño utilitario de Martorell levantó las dos ruedas internas a la curva, y comenzó un patoso baile armónico consistente en vueltas de campana por una explanada yerma y embarrada.

Tras cuatro vueltas sin demasiada gracia, el coche cayó sobre su techo sin apenas haberse deformado. Tras el quedaban trozos de plástico de aletas, paragolpes, un cacho de neumático, y toda suerte de pequeños retazos de vidrio perteneciente a los faros delanteros.

Es entonces cuando Pepe apareció, pocos minutos después, por el fondo de aquel tramo, a paso ligero, para encontrarse con la escena. Y no es que nunca hubiera visto un accidente, pero el joven estaba impresionado. Aquel coche, en el que se había montado poco tiempo atrás, y que conducía la persona que le había llevado hasta aquel rally sprint, estaba ahora reposando sobre su techo, mientras su motor humeaba de manera descontrolada.

El estómago de Pepe se encogió ante la escena. ¿Estaría bien Javi? ¿Se habría hecho daño?

Un grupo de personas ya estaba rodeando el coche, y mientras nuestro protagonista se dirigía hacia el Ibiza, escuchó la voz de Javi entre los hierros del coche, mientras afirmaba "Estamos bien, estamos bien".

Tras cuatro empujones entre un grupo de aficionados que estaban allí, Javi lograba abrir la puerta del Ibiza, liberarse de los arneses y salir del habitáculo, seguido de su copiloto.

Se quitaba el casco, mirando con cara de preocupación el resultado de su "hazaña", y frotandose el pelo.
- Anda que la he liado buena... - Exclamó
- ¿Estás bien? - Le preguntó Pepe
- Sí... pero he dejado el coche fino... En fin.
La grúa y la ambulancia llegaron entonces a la escena para apañárselas para montar el coche en la plataforma, mientras los responsables de la Cruz Roja revisaban el estado de los pilotos minuciosamente, a pesar de que ellos aseguraban estar en perfectas condiciones.

Tras un tiempo de cierto desorden, a Pepe le volvieron a llamar por la radio.
- A todos los puestos, reiniciamos la carrera en 5 minutos, pasa ahora el coche cero
Pepe volvió corriendo a su puesto, y allí se quedó viendo pasar el resto de coches de la prueba una y otra vez hasta que terminó el rallysprint.

Lleno de polvo, se dirigió andando al control de salida, donde se re-encontró con Javi. Este le miró de arriba a abajo.
- Qué, ¿lo has disfrutado? - le preguntó
Pepe no sabía que decir, y afirmó, no muy convencido, con la cabeza. Sí, había visto coches de carreras girando por el tramo, pero estar en un control de un cruce no era lo que esperaba de aquel día, en el que ni tan siquiera se había enterado de lo que había ocurrido.

Javi le invitó a montarse en el Subaru para acercarle a la plaza del pueblo, donde se celebró la entrega de trofeos, y desde donde se dirigieron a tomar unas tapas a una lonja cercana. La fiesta era por todo lo alto. Los pilotos bebían cervezas entre risas, mientras la música inundaba la lonja. Javi volvía a estar en su salsa, y parecía no importarle para nada haber estrellado el Ibiza. Era el polo de atracción, el protagonista, y él lo sabía, y dominaba la situación.

Tras el almuerzo, Javi invitaba a pepe a salir a la plaza del pueblo, donde el Ibiza reposaba sobre la grúa de la federación. Entre ambos comenzaron a repasar el estado del SEAT.

A simple vista se veían los dos trapecios delanteros de la suspensión arrancados, un palier roto, las aletas dobladas irremediablemente, los pilotos y los faros estallados, una puerta abollada, manguitos sueltos...

Entre arrastrones lograron mover el coche desde la grúa hasta el suelo, y montarlo en el remolque para que el primo de Javi se lo llevara.

Dieron las cinco de la tarde, y se montaron de nuevo en el compacto nipón para volver a casa.
- ¿Qué vas a hacer con el coche? Lo estrenabas hoy, ¿no? - Preguntó Pepe a Javi
- Pues arreglarlo... son cosas que pasan
- Si quieres te puedo echar una mano en el taller - Agregó Pepe
- No... lo llevaré a un taller de un preparador que conozco... no es barato, pero lo dejará bien
- Y ¿de dónde sacas la pasta para correr, comprar el Impreza, arreglarlo...? Parece que no te importa el dinero...
- Hombre, estando en la escudería y en la federación no tengo problemas para estas cosas
Pepe no entendió entonces a qué se refería exactamente Javi con esas palabras, y todavía tardaría tiempo en enterarse de todos los tejemanejes que se tupían en la organización de la federación.

La conducción agresiva del camarero seguía plenamente presente. Puede que hubiera soltado adrenalina en el rally, y que se hubiera bebido unas cuantas cervezas en la comida. Demasiadas, a juicio de Pepe. Pero el joven no quería soltar un improperio contra el hombre que le estaba bajando a casa, y al que necesitaba por ello. El sonido bóxer sobrealimentado cubría el incómodo silencio que se había quedado ante las dudas de Pepe sobre de dónde sacaba Javi tanto dinero...

Cuando llegó a su casa, Pepe se metió en la ducha, cansado, y al dispararse con el agua de la alcachofa descubrió cómo un chorro de agua pura y duramente marrón discurría por el desagüe procedente de su cuerpo. Estaba reventado, y tenía que ir a trabajar en unas pocas horas, y antes estudiar...

Por un momento, bajo el chorro de la ducha, mientras sus oídos escuchaban el agua pasar cubriendo la música de LaIsla.fm que se escuchaba de fondo procedente de su móvil, pensó si aquel mundo de las carreras que había visto era realmente algo donde quería meterse.

Y es que una cosa era ver correr en el WRC, a través de vídeos de YouTube, a genios como Sebastien Loeb en máquinas que parecían sacadas del libro de los sueños de cualquier adolescente, y otra muy distinta era vivir los rallyes desde el tramo, pero sin enterarse casi de nada, prácticamente esclavizado de una organización, por otra parte necesaria, para que toda aquella maquinaria competitiva funcionara.

De repente Pepe se dio cuenta que detrás de los pocos afortunados que podían correr carreras había un puñado mucho más grande de gente que hacía posible que esos afortunados no tuvieran problemas a la hora de enfrentarse con los tramos. Un grupo de gente que disfrutaba tanto de las carreras que no tenía problema en perder sus fines de semana controlando tramos, cruces y la seguridad de espectadores y pilotos, sólo por estar allí, metidos en la pomada, a cambio de nada, o de casi nada.

Tras una ligera cena de bocata, se sentó delante de los libros para tragarse fluidomecánica una vez más, mientras, de cuando en cuando, volvía a pensar en el 205 que, desmembrado, le esperaba en el taller, para ser devuelto a la carretera y convertirse en su herramienta de emociones.

Por Guille G. Alfonsin (@GuilleAlfonsin)

[Foto: mattclare, Flickr CC 2.0]

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