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Carta a Papá Noël: Guille



Querido amigo regordete vestido de rojo:

Dado que mis dos editores de Autoblog se han puesto tan profundos en sus reflexiones, he visto que ponerme en un plano personal para pedirte cosas de manera egoista no tiene cabida este año en mi carta. Así que no me queda otra cosa que mirar alrededor y pensar en el bien común por delante del propio, algo que si todos hiciéramos más a menudo, tal vez nos llevaría a conseguir una sociedad mejor.

En un planeta, el del automóvil, que está contrayéndose en Europa como nunca uno habría imaginado, mi primera petición es clara: En Europa, y sobre todo en España necesitamos algo llamado cordura. La necesitamos porque parece que a estas alturas de la película, con un mercado en caída libre, y con miles de puestos de empleo en peligro, seguimos pensando que la solución a nuestro problema económico general pasa por el crecimiento, y el incremento de gasto infinito que define el capitalismo como estructura funcional.

En el punto medio dicen que está la virtud, y tal vez los responsables de administrar plantillas y capacidades productivas deberían saber valorar ese punto medio, en lugar de ampliar y contraer sus empresas sin más razonamiento que los sustos y oportunidades que les da el mercado

Crecimos durante lustros a ritmos que eran difíciles de crecer, al carro de burbujas inmobiliarias y gastos que la gente asumía con créditos que se iban a convertir en algo imposible de pagar tan pronto el ritmo de ingresos de cada bolsillo se viera puesto en peligro.

Y claro, al final, tanto esprintar, tanto crecer a lo loco, nos ha pasado factura. Los fabricantes dimensionaron sus capacidades productivas a niveles de ventas imposibles. ¿De verdad podíamos creer en una España con ventas de 1,5 millones de coches al año? Eran cifras imposibles para un país que no crea ni exporta tecnología como lo hacen nuestros vecinos aventajados europeos.

Como crecimos "a lo bruto", sin pensar en si tenía sentido hacerlo así, ahora tenemos que contraernos también a lo bruto. Los concesionarios cierran uno tras otro, y nuestros amigos que trabajan en muchos departamentos de muchas marcas de coches se van al paro, tras expedientes de regulación que buscan reducir costes estructurales más allá de las necesidades reales de las empresas.

Ni España es un país de 1,5 millones de coches vendidos al año, ni tampoco es de 500.000 ventas al año, como parece que va a ser 2013. Al final, el punto medio es siempre el equilibrio y la virtud. Si en su día hubiéramos sido capaces de equilibrarnos antes del "tortazo", habríamos vendido menos en la punta más alta de la burbuja, pero ahora el correctivo sería menor.

Por todo ello, yo le pido, amigo Papá Noël, que regale cordura y sensatez a todos aquellos políticos, directivos y gerentes, para ser conscientes de dónde están ahora mismo, para que aprendan la lección de esta crisis, y cuando volvamos a montarnos en la próxima burbuja, sean capaces de recordar lo bajo que hemos caído.

Porque en este país, con cada "boom", viene después un "zas" mucho más grande. Y con cada ciclo de estallido y crisis, en lugar de acabar mejor que como estábamos, acabamos todos peor, salvo los cuatro privilegiados que están en la cúspide económica y no parecen acabar afectados.

Mi segunda petición es mucho más imposible, y la voy a dejar aquí como corolario de la anterior, aunque no esté ni tan siquiera remotamente asociada. Y es que me gustaría ver un cambio, imposible, del modelo de industria del automóvil. Hemos llegado a una situación que afecta todos los aspectos de la vida, y que consiste en la "globalización" de todo a toda costa.

La "globalización" es buena y mala al mismo tiempo. Como siempre, generalizar es bueno para la mayoría, pero distorsiona las cualidades de cualquier campo.

En el mundo del motor, la globalización implica la creación de grandes grupos automovilísticos. Hace 20 años resultaba casi imposible montar un fabricante de coches desde cero, por mucho dinero que tuvieras. Ahora ya parece una misión realmente imposible. El casi ha desaparecido.

Estamos montados en una carrera cuesta abajo y sin frenos por estandarizar procesos productivos y fabricar todo bajo plataformas modulares comunes, en la búsqueda del electrodoméstico automóvil. Donde antes primaba la calidad real del producto y su innovación tecnológica (no había dos coches iguales), ahora priman aspectos como la economía de escalas y el diseño modular. Ahora no se nos venden "grandes coches" sino "grandes historias". La marca pesa más que el producto, y se nos convence a través de eslóganes intangibles que nos cantan las maravillas etéreas de tener tal o cual coche.

Hemos perdido ya esa época en la que abrir un capó de un Alfa Romeo era una experiencia radicalmente distinta al de abrírselo a un Renault. Se nos venden productos que cada vez son más semejantes, entre marcas afines y entre marcas no afines, y eso nos hace perder a los aficionados al motor mucho, todo el carácter de las marcas.

Queda su historia por detrás, queda su legado, que tratamos de recordar, pero que la maquinaria de marketing intenta explotar en su beneficio para vender más y más coches en la actualidad.

La globalización manipula y obliga en el mundo del automóvil a seguir el camino más trillado, para poder mantenerse en una carrera de costes y beneficios, más allá de una carrera por hacer buenos productos. Mazda es un buen ejemplo de un pez intentando nadar contracorriente en este aspecto, y que más pronto que tarde acabará cayendo en manos de un grupo más grande, como ¿Fiat? para pasarse a plataformas modulares y órganos comunes, algo que ya está implementando ahora.

Sé que pido un imposible, pero a veces uno hecha de menos que haya variedad en el mundo del motor, en lugar de copias seriadas del mismo producto, con distinto "traje".

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