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Categorías: Cupés, Deportivos, Bugatti

Prueba: Bugatti Veyron Grand Sport


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No hay nada como el Bugatti Veyron en el mundo de las cuatro ruedas. Es uno de esos mitos que pasarán a los libros de historia de manera directa, como el coche más rápido y potente de su tiempo. Creado como un super GT, pensado en largos trayectos "confortables", y en prestaciones en línea recta imposibles de superar, este deportivo tenía un concepto bastante diferente a muchos de sus "posibles" rivales, más pensados en prestaciones en circuito.

Lleva siete años ya en el mercado, pero sigue luciendo tan impresionante como el primer día. Y es que sus 1.001 caballos para la versión ¿básica? no dejan indiferente a nadie.

Ahora que estamos a menos de un año de montarnos en el novedoso McLaren P1, en el sucesor del Ferrari Enzo, y en el novísimo Porsche 918 híbrido, nuestro probador Michael Harley ha tenido la oportunidad de cruzar de costa a costa Estados Unidos con un Veyron Grand Sport, para descubrir, en un viaje de más de 10 horas, las claves de este aparato balístico, este Tour de Force creado por Volkswagen para demostrar lo que sus ingenieros son capaces de hacer.

¿Nos acompañas a experimentar esta épica aventura?


Poder conducir de costa a costa un Veyron es una experiencia única e inolvidable, una de esas oportunidades que se tienen una vez en la vida y que no puedes olvidar jamás

Es casi imposible hacerse con unas cuantas horas de volante en un Veyron Grand Sport. No sólo hay pocas unidades, sino que su precio de venta, por encima del millón de euros, hace que prestarnos uno sea complicado. Normalmente, cuando la marca, un importador o un cliente nos ha dejado uno de estos aparatos, siempre ha sido por unos pocos kilómetros, en una ruta muy concreta.

Pero a veces toca la lotería, ¿sabes?

Por casualidades, Bugatti de Norte América decidió presentarte oficialmente al Goldrush Rally, una prueba que cruza Estados Unidos de costa a costa, desde Beverly Hills hasta Miami. Y claro, necesitaban un piloto, con la suerte para nosotros de que acudieron a Autoblog a buscarlo.

Lo que uno espera cuando se le presenta una ocasión de este tipo es aceleración y velocidad punta salvajes, y sí, efectivamente, están ahí para despeinarte. Pero con tantos kilómetros de por medio, tuvimos tiempo para enamorarnos también de la personalidad de este superautomóvil.




El Goldrush Rally, como muchos otros eventos similares, no es exactamente lo que te estás imaginando sobre la palabra "rally", pues no es una competición propiamente dicha, sino una excusa para concentrar superdeportivos, conducir rápido con ellos, y cruzar ciudades llamando la atención de los oriundos, mientras se recauda dinero para causas solidarias.

El día antes de que comenzara el evento, condujimos hasta el concesionario de Bugatti en Beverly Hills para ver el coche y charlar con Robert Franklin "Butch" Leitzinger, piloto tres veces ganador de las 24 Horas de Daytona, y monitor de Bugatti. Butch iba a ser nuestro copiloto e instructor a la hora de llevar el Veyron.

Tras repasar el coche por dentro y por fuera, se nos ocurrió preguntar cuánto espacio teníamos para llevar algo de equipaje. "Ninguno", fue la curiosa respuesta... Y es que el maletero minúsculo del frontal del coche estaba ocupado por el techo "de emergencias" en lona. Así que para llevar algo, había que meterlo tras los asientos... donde apenas cabe nada. Decidimos hacer la ruta completa con el techo de cristal puesto (recuerda, el Grand Sport es la variante targa del Veyron), y es que cruzar este enorme país puede llevar muchos cambios climáticos como para arriesgarse a hacerlo descapotados.




Nos preparamos para ponernos en marcha. Cerramos la puerta y abrochamos el cinturón de seguridad, para comenzar el procedimiento de arranque. 16 cilindros cobraron vida, de una manera suave, pero al mismo tiempo única en su sonoridad. El sonido de escape apenas llega al habitáculo con el techo puesto.

Comenzamos a movernos despacio por el parking para descubrir lo complicado que es situarse con enormes pilares A de grosor extra (por aquello de estar ante un coche targa), y una visión hacia atrás cuanto menos complicada. Vale, es capaz de ponerse a 400 por hora, pero parece más complicado ir marcha atrás con el Veyron a 4 por hora...

Tras un pequeño bochorno de maniobras, salimos del parking, dispuestos a liberar los músculos del W16 con cuatro turbos.



Por un momento te recordaremos sus características técnicas, esas que has leído una y mil veces. Es un ocho litros de 64 válvulas, sobrealimentado por cuatro turbocompresores, capaz de ofrecer 1.001 caballos con gasolina de 93 octanos (esto es América...) y 1.250 Nm de par a través de las cuatro ruedas motrices, gestionadas por una caja de cambios de doble embrague y siete relaciones. Y sí, con estas cifras, a pesar del peso (1.888 kilos), este misil balístico es capaz de hacer los 100 por hora en 2,5 segundos.

Curiosamente, en los primeros momentos nos encontramos con bastante lag procedente de los turbos. Y es que mueves el pedal del acelerador un poco, pero no notas una patada masiva, sino que primero se tienen que cargar los sobrealimentadores. Luego sí, viene la madre de todas las patadas.

Butch nos comentó que hay tres modos para la conducción del Veyron. La primera, la más relajada, pasa por poner el cambio en "D", y dejar que el coche busque la marcha más adecuada, siempre la más larga posible. Pero cuando pides potencia, el coche se toma su tiempo para reducir y cargar los turbos.



Además de su velocidad, nos sorprendió lo sonoro del habitáculo, el bestial consumo de combustible, y lo difícil de maniobrar que resulta

Si colocas el cambio en modo Sport "S", el cambio funciona siempre con las máximas revoluciones posibles, y con el mínimo movimiento del pie derecho consigues un empuje difícil de calibrar y digerir. El sonido de escape, que en el modo normal apenas se deja oír, ahora penetra hasta el habitáculo y no te deja indiferente.

Puedes colocar el modo de cambio en manual, y controlar el coche con las levas tras el volante, y podrás tener lo mejor de los dos mundos. Y es que el modo Sport es tan radical, y el coche tiene tanta potencia que probablemente, aún cuando quieras ir rápido, no querrás estirar todas las marchas hasta el corte. El cambio DSG es genial, rápido, y responde a nuestras órdenes sin vacilar.

Obedecer límites de velocidad con este coche es como una misión imposible. A nada que des un toque de gas, doblas tu velocidad. Intentar buscar y encontrar radares se convierte en una misión importante en cualquier trayecto, dadas las circunstancias.

Curiosamente, el habitáculo no resulta especialmente silencioso. Puede que por tratarse de un Grand Sport, esto no nos termine de sorprender, pero es que el ruido de los neumáticos penetra en el habitáculo a pleno pulmón, al tiempo que se escucha el rozamiento del aire.

De todas las agujas presentes en el cuadro, la más importante a observar es la del nivel de combustible, que parece cotizar en bolsa durante la crisis: va a la baja y sin frenos. Puedes verla moverse sin ningún tipo de problema cuando aceleras a fondo (deberías preguntarte por qué miras la aguja del combustible cuando vas a tope). La segunda aguja a seguir es la del cuentavueltas, si vas cambiando en modo manual. La del velocímetro parece de chiste...

La suspensión se nota firme, pero es capaz de absorber desperfectos del trazado. No esperas menos de este magnífico aparato. Eso sí, con tanta rueda, será raro que seas capaz de evitar pisar los baches.



La dirección, de asistencia hidráulica, es precisa y da información suficiente como para gestionar el agarre (gigante) disponible. Cuando te metes en zonas de curvas, la única preocupación es no salirte de tu carril, y es que el Veyron mide dos metros de ancho...

Pocos kilómetros después, tocaba una nueva parada en una gasolinera...

Y en cada gasolinera te tienes que parar treinta minutos... Porque el gentío que se agolpa, cámaras y móviles en mano, alrededor de tu Veyron es increible. Es el superdeportivo más rápido del mundo, y allá donde va, levanta pasiones.



Volviendo a la carretera, te contaremos que la velocidad "de crucero" de este coche ronda los 200 por hora. Con esto te queremos decir que a puntita de gas, sin forzar, sin exigir sobrepresión a los turbos, el coche se mueve a ese ritmo "como si no le costara nada". Y lo peor es que te da la sensación literal de ir parado. A este ritmo el consumo es "meridianamente" aceptable...

Tras ocho horas al volante, hemos de decir que la experiencia con el Veyron cansa tu cuerpo. Y es que no se trata de un coche incómodo. El problema es que corre tanto que no puedes hacer otra cosa que vigilar la velocidad y otear el horizonte en busca de radares, mientras tratas de esquivar el aluvión de curiosos que te persigue, medio cuerpo fuera de su coche, cámara en mano, para retratar este aparato de más de un millón de euros.



Al final del día, acabamos colocando la palanca de cambios en el modo "D", y conduciendo de manera lo más relajada posible, sin tratar de buscar velocidad o empuje categóricos.

Vale, puede que no sea el coche "perfecto" para viajar si te importan los límites de velocidad, las multas o los puntos de tu carnet. Consume gasolina a lo bárbaro, a un ritmo que debe ser más propio de un avión de combate, pero tras siete años en el mercado, el Veyron sigue siendo el rey en cuanto a prestaciones (a la espera de los nuevos Enzo, P1 y compañía).



Lleva siete años en el mercado, y su carrera toca a su fin, pero sigue siendo un ídolo en el mundo de las cuatro ruedas

Conducir un aparato de estos se hace tan especial para un apasionado del motor como pisar la luna. Es el mejor coche que ha visto jamás, a nivel de ingeniería para fabricar un GT, el mundo del automóvil. Vendrán coches más efectivos y rápidos a corto plazo, pero pasarán todavía lustros, sino décadas, antes de que alguien, tal vez de nuevo Bugatti, rompa los límites creados por este increíble aparato de más de mil caballos. Una experiencia que no olvidaremos.


[Prueba original por Michael Harley]

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