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Categorías: Lexus, Cupés, Deportivos, Pruebas

Prueba: Lexus LFA


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No es el deportivo más rápido del mercado. Es rudo, es puro, es de fibra de carbono, y tardó años en llegar al mercado, naciendo además en un época de crisis que casi se lleva el proyecto por delante.

El Lexus LFA es un muestrario tecnológico diseñado por y para dar lustre a la marca que luce en su frontal. Pero es más que eso. Sus ingenieros, a través de un trabajo meticuloso, cuidado hasta el más fino detalle, han conseguido crear un aparato balístico, cuya principal premisa es la diversión al volante, por encima de las cifras puras.

Porque el LFA es una máquina de sensaciones, que arrancan en el glorioso sonido de su V10, y que siguen en el tacto de sus mandos, el feedback que te ofrecen, y la sensación que se te queda tras conducirlo de que "has probado uno de los mejores coches del planeta".

Crea adicción, como te va a contar, tras el salto, Michael Harley en su prueba del Lexus LFA. Abróchate el cinturón que arrancamos.


La medicina define como droga cualquier artículo diseñado para afectar al funcionamiento del cuerpo humano... y el LFA cuadra con esa definición perfectamente

La medicina define "droga" como cualquier artículo diseñado para afectar al funcionamiento del cuerpo humano".

El Lexus LFA no es un superdeportivo... es una droga.

Giras la llave de fibra de carbono, y entonces escuchas el bramido del V10 con sangre de carreras en sus venas. En cuestión de segundos el sonido llega a tus oídos, y tus grándulas empiezan a segregar endorfinas. El resultado de esta inyección natural es un corazón que late más rápido, una tensión arterial que se incrementa, espasmos involuntarios de tus músculos, y una extraña sensación de felicidad. El cuerpo se encuentra más alerta, y fisicamente está preparado para lo que sea. Vamos, que el LFA, con solo arrancarlo, te hace sentir eufórico.

El problema es que, tal y como sucede con las drogas, el LFA también es extremadamente adictivo. Pero para prevenir del abuso, los chicos de Lexus han actuado con medidas concretas. Para empezar, sólo 500 individuos en todo el planeta podrán tener uno. Para seguir, sólo los mayores de edad podrán comprar y conducir uno. Y la medida más restrictiva: cuesta 375.000€. Nada menos.

Así que puedes estar tranquilo: ninguno de tus conocidos caerá, probablemente, en una sobredosis de LFA.



Lexus nos ha dejado probar durante unos días su superdeportivo. Pero claro, no podíamos afrontar semejante desafío sin un plan. Así que nos marcamos una ruta por las autopistas costeras, carreteras de montaña con curvas, largas rectas en medio del desierto, todo mezclado en una sola jornada por el sur de California, para ver de qué iba el asunto.

En total, contamos con una ruta de unos 500 kilómetros, con temperaturas que pasarían por todos los extremos. Interesante desafío, ¿verdad?

Por suerte, nos encontramos un cielo despejado para poder darle caña al coche sin preocuparnos demasiado de que se ensuciara para la sesión de fotos. En vivo mejora respecto a las fotos, y se muestra más grande, musculoso, bajo y ancho. Si miras el papel, es más o menos igual de largo que un 911 de Porsche.



Toyota se ha obsesionado en este coche con los ahorros de peso, así que los ingenieros encargaron que gran parte del coche se fabricara en aluminio. Pero los cálculos dictaron que no era suficiente para que el coche se quedara en las cifras que querían, así que la fibra de carbono pasó a ser el material de elección para la construcción. Cara y difícil de trabajar, la fibra fue la elección, y para contar con ella se desarrollaron telares para trabajarla con técnicas de moldeo ultra-modernas. Toques donde toques en el coche, o es fibra de carbono, o es titanio o, en el "peor" de los casos, se trata de una aleación de aluminio.

Justo antes de fotografiar el coche, nos tocó una sesión de lavado a mano, lo que nos dio la oportunidad de quedarnos con cada uno de los detalles, tomas de aire, salidas... Son todas funcionales, no están ahí por motivos estéticos, y caracterizan el diseño de manera meticulosa y cuidada.



Bajo el capó de fibra de carbono, que por cierto, cuenta con su propio tubo de gas fabricado en composite para elevarse, se encuentra el corazón de la máquina: un V10 de 4,8 litros. Gracias a los ligerísimos elementos alternativos que se mueven en su interior (válvulas y bielas de titanio, por citar un ejemplo), el motor es capaz de girar a nueve mil vueltas sin problemas, con un corte que queda 500 vueltas más arriba. Resulta más compacto que un V8 y más ligero que un V6 tradicional, asegura Toyota, y cuenta con su cuerpo de acelerador para cada cilindro. La lubricación es por cárter seco, para mantener las cosas bajo control cuando se pasan curvas a alta velocidad. Y todo para ofrecer unos excepcionales 552 caballos a 8.700 vueltas, con un mar máximo de 480 Nm a 6.800 vueltas. Pero, sin duda alguna, lo mejor del coche no es su técnica o sus cifras, sino el sonido agudo e impresionante que impacta tus sentidos, tras pasar por el colector independiente de escape fabricado en titanio, que da paso al sistema de silenciadores del mismo material.

La caja de cambios es una secuencial con embrague pilotado, situada en posición transaxle. Un sistema de doble embrague no sería posible asociado a este V10, cuenta Toyota, por su capacidad de cambiar de velocidad de giro del cigüeñal excepcionalmente rápida (seis décimas de segundo del ralentí al corte, nada menos). Por esta misma razón, el cuentavueltas del coche es digital, y no una aguja analógica, que no era capaz de trabajar a los ritmos exigidos.



La suspensión sobre la que se apoya el LFA es, como te puedes imaginar, completamente independiente en ambos ejes, con amortiguadores con botella de reserva independiente en aluminio, estabilizadoras huecas, manguetas en aluminio forjado, mismo material empleado para los brazos. No hay amortiguación pilotada, ni se le echa en falta.

Los frenos son enormes discos carbonocerámicos mordidos por pinzas de seis pistones monobloque de aluminio delante, y de cuatro pistones en el tren trasero. El calzado lo conforman neumáticos Bridgestone, en medida 265/35 ZR20 delante y 305/30 ZR20 detrás.

La distribución de pesos gracias a la posición del motor delantera central y la caja de cambios transaxle, es de 48/52 delante/detrás, con una tara completa de 1.555 kilos. Lexus dice que el LFA es capaz de hacer los 100 por hora desde parado en 3,7 segundos, camino de una punta de 325 por hora.

Una vez depositas tu trasero en el LFA, te encuentras un habitáculo tan moderno como el exterior, pero no es lo que diríamos "ergonómico" al primer vistazo. Hay fibra de carbono, aluminio y cuero por doquier. No hay comodidades como guanteras para dejar tus cosas, reposa-vasos, o control de crucero. Y es que este coche es para lo que es.



El botón de arranque no sólo enciente el motor, sino que dispara las endorfinas a través de tu cuerpo con el sonido penetrante del V10 que anticipa lo que viene después

Encender el LFA tiene su "aquel". Hay que girar la llave primero con el pedal de freno pisado. Tirar de las dos levas de cambio después, para colocar neutra, y entonces pulsar el botón de fibra de carbono donde se lee "Engine Start". Segundos después empieza la orgía sonora que te envuelve y excita.

En nuestro orden de trabajo teníamos en primer lugar programar la ruta en el navegador, cosa sencilla, pues era como el de cualquier otro Lexus, y luego, montar a nuestro fotógrafo en el asiento del pasajero.



Acelerar hasta velocidad de crucero de autopista es "tan difícil" como dejar caer una piedra en tu pie derecho. El acelerón es increible, sonoro, pero tan pronto llegas a 120 por hora, la diversión se acaba... El coche te pide más que ir "ronroneando" a una velocidad ridícula para sus aptitudes.

La suspensión del LFA además se obsesiona con sacudirte con cada bache o irregularidad que se encuentre por el asfalto. Tampoco es que el sonido del V10, que nos encanta, sea agradable a velocidades de crucero sostenidas, pues no es un coche silencioso. Este aparato balístico no está hecho para este tipo de trayecto.



Salimos de la autopista, camino de una carretera de montaña, y pasamos por un pueblo, Ojai, en California, lleno de gente con Toyotas Prius. No pudimos hacer otra cosa que colocar el coche en modo manual, y hacer girar al motor por encima de 4.000 vueltas... Evidentemente, todo individuo del pueblo giró la cabeza. Algunos con ojos inyectados en sangre de ira, otros con envidia, otros sorprendidos pero con mirada positiva... Rellenamos el depósito en la gasolinera del pueblo, y pusimos rumbo a una carretera que tenía que servir de punto de medida para el LFA.

En ese momento no nos dimos cuenta, pero estábamos a punto de tomar la primera dosis de LFA, la peligrosa y adictiva droga de Lexus.


Empezó todo entonces jugando con la caja de cambios en modo manual, manteniendo al motor en su "zona buena". Increiblemente rápido, pero también bien balanceado, el LFA se mueve lealmente bajo las órdenes que le impones a través de su trabajado volante con parte de fibra de carbono. Una vez lo apoyas en curva, puedes modificar la deriva del coche a base de ahuecar o apretar el acelerador, lo que te llevará a ejecutar o no contravolantes milimétricos de precisión. Es un coche "vivo" entre tus manos, pero no es agresivo como para que se vaya de ellas.

El tacto de la dirección es genial, con mucha información atravesandolo para llegar a tus manos. Pasa algo similar con los frenos, modulables, dosificables, y con el acelerador, que parece conectado a tus sentimientos. Es una cuestión de "feeling" más que de cifras. El LFA convierte la experiencia en algo hipnótico, como si entraras en "zona mental", abstraido de la realidad, concentrado sólo en conducir.

Hemos conducido muchos deportivos en nuestra carrera, pero este tiene algo, ese algo que, tras casi una hora de ir a tope con él, al parar nos coloca una sonrisa de oreja a oreja difícil de igualar. Puede que haya objetos más rápidos, pero en satisfacción personal, el LFA podría ser perfectamente el líder de su categoría.

Curiosamente, tras toda la acción, las agujas de temperatura de aceite y refrigerante ni se habían movido de su sitio, demostrando lo bien trabajado que está el sistema de lubricación y refrigeración del coche, que para ponerlo a prueba requeriría meterse en circuito.



El coche va tan bajo que cuando nos tocó la ruta de vuelta al punto de origen, plagada de piñas caídas de los pinos sobre la carretera, teníamos que esquivarlas, porque si no nos las llevábamos por delante. Nos encontramos entonces con una recta de casi 35 kilómetros desierta, donde no pudimos evitar la tentación de pisar a fondo "a ver qué pasaba". Corre, corre mucho, sí...



Ya más animados, y reincorporados a la conducción cotidiana, pero sin ceñirnos a los 120 por hora "por obligación", vimos que el coche se encontraba muy cómodo adelantando al tráfico más lento, cambiando de carril... Se puede vivir con él. No es un GT cómodo y confortable, pero tras la experiencia gloriosa de un par de horas antes, todo se le perdona ya.



Es carísimo y no es el más rápido o efectivo de su categoría, pero créenos: es adictivo y tremendamente placentero de conducir a fondo

Acabó el día, y tras dejar el coche en el garaje y cenar, nos encontramos volviendo por la noche a verlo "descansar", impresionados todavía de las sensaciones que ofrece. Efectivamente, no es tan rápido como un F12berlinetta, es más caro, y además pertenece a Lexus y no a la gloriosa Ferrari. Pero este muestrario tecnológico esconde una poderosa alma, un carácter propio que te transmite sensaciones, que te deja buen sabor de boca, que te coloca una sonrisa en el rostro cuando le pides algo de diversión.

A diferencia de otros superdeportivos, el LFA además es puro y honesto: no trata de ser un GT, un coche para todo... es un deportivo y como tal lo sientes. Pero si tuvieramos que definirlo en una sola palabra, esa sería "droga", tanto por su capacidad por cambiar nuestro estado de ánimo en décimas, como por el tremendo efecto de "mono" que se nos quedó tras devolverlo a Lexus tras la prueba... Quién fuera millonario.

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